El Gauchito Gil
El Gauchito Gil

A lo largo de la carretera, puedes encontrar pequeñas casetas del tamaño de una de perro con medio centenar de botellas de agua. Cuenta la leyenda que la Difunta correa murió de sed y el hijo sobrevivió porque se amamantó de ella muerta… también está el Gauchito Gil, que protege a los conductores. Son también casetas, esta vez rojas, rodeadas de banderas del mismo color. Fueron personas reales que la gente les atribuyen milagros y, sus creyentes, que son muchos, les dedican este homenaje en las cunetas de las carreteras del sur de Chile y Argentina. Esto es lo poco que tienen en común entre estas dos naciones. El camionero que me llevó hasta Punta Arenas se quejó a un Carabinero de la frontera por el trato de la policía argentina, ya que les solicitaban muchos papeles y perdían demasiado tiempo. Al día siguiente, los Carabineros formaron una caravana de camiones argentinos. “No olvidamos que Chile apoyó a los ingleses en la guerra de las Maldivas”, me explicaba mi amigo de couchsurfing en Ushuaia.

Antes de cumplir mi sueño de ir a bordo de un enorme camión, estaba cerca en la frontera haciendo dedo. Empezó a llover con fuerza y un Carabinero me invitó a esperar en su cabina donde trabajaba. Al menos había calefacción. El oficial tenía apenas veinticinco años y vivía cerca de allí, me dijo. “Estoy en servicio las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año”, me soltó de carrerilla y con firme convicción como cuando un niño suelta la tabla de multiplicar. “Ya, pero ¿cual es su horario normal?”, le insistí. Él me quería dejar claro que estaba al servicio del ciudadano y, sobre todo, al de su superior, puesto que si en su día libre le llamaba tenía que ir a trabajar. No obstante, una jornada normal era de doce horas de ocho de la mañana a ocho de la tarde y al día siguiente hacía turno de noche, también de doce horas, después descansaba (siempre y cuando no le necesitara su superior) y volvía a hacer el mismo horario. Tras coger confianza, me invitó a una manzana. Mientras, yo intentaba buscar un coche que me llevara a mi próximo destino, Punta Arenas, pero a veces la conversación se animaba y dejaba que pasaran algunos coches. Llovía y hacía viento. Cada vez que salía a poner mi dedo en alto, me calaba y luego volvía al radiador de la garita. En una de esas, el mismo Carabinero, paró a un autobús de línea que iba vacío y le preguntó si me llevaba, pero “no podía”. El chico se sintió fatal y me confesó que creía en el karma, que la gente que hace algo malo (como era el caso de ese autobusero por no recogerme, según él) algún día la vida se lo iba a devolver. Me dejó estupefacto. Lo soltó, como si yo fuese su amigo de cervezas, y también me confesó que quería dejar todo y viajar, como yo… los coches pasaban fuera, seguía lloviendo y yo veía que aquello se me iba de las manos. Quería seguir hablando con el Carabinero, pero me quedaban más de doscientos kilómetros de viaje. De pronto, vimos un camión. Los dos salimos, él se puso sus guantes blancos y ordenó parar al conductor. Yo esperaba a unos metros entre avergonzado y sonriendo con cara de pena, para caerle bien al camionero. Y aceptó llevarme.

Llegué a Punta Arenas y seguía lloviendo. “Es la ciudad donde se puede ver las cuatro estaciones del año en un día”, te comenta la gente local. Pero ese día solo se mostraba una tormenta de agua que inundó las calles. El camionero tenía que dejar la carga primero y después me llevó hasta la misma puerta del hostal. Me despedí de él y llamé al timbre, pero nadie abrió. Me fui a otro que tenía apuntado. “No tengo camas, vete a uno más arriba. Suerte”. Llegué al hostal Independencia. El tipo que me abrió la puerta pronto me cayó simpático. “Deja la mochila, tranquilo, tengo camas”. Me sentí como en casa. Tras darme un mapa, me indicó todo lo que necesita un mochilero: supermercado, sitios de interés, bancos, estaciones de bus… y el wifi. También me comentó que podía ir a ver el Pingüino Rey. No era en tour, porque él no trabajaba con agencias, sino que conocía a un tipo que transportaba a gente hasta el Parque. Solo tenía que ir hasta Porvenir, la ciudad al otro lado del estrecho de Magallanes. Los gastos eran en el transporte, aún así, salía por cincuenta euros.

No me había planteado hacer ningún tour, pero el Pingüino Rey es un animal atípico en tierra de fuego, ya que solo está en la Antártida y en ese Parque. Me vi en esa tesitura de si merecía la pena. Después de la visita, sigo con la duda, ya que las decisiones de ver una cosa u otra durante un largo viaje son continúas y hasta que no termina, no haces balance de todo. En ese momento me preocupaba el gasto y ver si podría llegar a fin de mes con el presupuesto que tenía.

A veces te dan la opción de ver/ hacer algo insólito durante un viaje que te hace dudar si merece la pena por el coste. Visitar los Pingüinos Rey fue una de ellas. Es un animal atípico en tierra de fuego, ya que solo habita en la Antártida (lugar al que tengo pocas probabilidades de visitar, a no ser que me toque la lotería). El coste total fueron 50€ (lo más económico posible) que se fueron en transporte… Taxi, ferry… Mucho tiempo para llegar y ver a los Pingüinos en una zona protegida para no molestarles. Vale, he visto al Pingüino Rey de lejos, pero la experiencia no ha sido lo más más y lo top top… Sigue mi viaje por la ruta #panamericana en el blog de @nortedecastilla: http://bit.ly/2bxkI4W #pinguin #animals #chile #chilemochilero #viajeporchile #instachile #visitchile #Sudamerica #latinoamerica #visitsouthamerica #mochileros #backpackers #viajes #travelling #blog #travelblog #viajeros #travel #happiness #instablog #instatravel #viajar #travelingram

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Al día siguiente crucé el estrecho de Magallanes en un ferry enorme y al llegar al puerto estaba Juan, el conductor, esperando. Tenía cara de niño empollón, con gafas y buenos modales. Llenó su furgoneta amarilla con más mochileros que andaban buscando a alguien en el puerto que los llevara al parque por poco dinero. La verdad, Juan era la única opción para llegar allí, el resto eran tours ya contratados o gente que había alquilado un coche. Estaba a ciento veinte kilómetros de la ciudad por una carretera de tierra. El trayecto fue largo. Llegamos a un descampado, cerca del mar donde había instaladas varias casetas de obra. Nos dieron una charla del servicio de observación que hacían allí y nos llevaron a una distancia prudente, rodeada de cuerdas y un muro de madera para evitar asustar al animal. Bueno y allí estaban. Un grupo de veinte Pingüinos Rey. Parados. Andando de esa manera tan graciosa que tienen de un lado a otro y alguno gritando… o lo que hagan los Pingüinos cuando expulsan esos sonidos que vete tu a saber si no se estarán riendo de aquel grupo de mochileros haciéndose selfies desde la distancia y con cara de “eh, mira, estoy viendo Pingüinos”. En definitiva, el largo recorrido hasta ver a este pajarraco se hizo algo pesado. Todo un día para estar viéndoles durante quince minutos. ¡Pero si ni siquiera se metieron en el agua!

Dejé Punta Arenas para ir al verdadero fin del mundo: Ushuaia. Un largo camino que hice en dos días. Recorrí la larga costa del estrecho de Magallanes en varios coches antes de llegar al ferry.

Un tipo que trabajaba con ganado vacuno me explicó los periodos de gestación de este animal. Un viejo pescador que venía en una ranchera destartalada se quejaba de las pensiones y de su cadera, aunque luego me soltó que tenía tierras y un local alquilado (el argumento era incongruente, pero qué le iba a decir yo…)

Tras pasar el ferry, Martín, un porteño que vivía en Ríos Gallegos me levantó. “Ni al pedo llegas a Ushuaia. Vente conmigo a Río Grande, compartimos habitación y vemos el partido juntos. Mañana yo voy para allá y te llevo”. Martín me convenció. Todavía faltaban muchos kilómetros y teníamos que pasar la frontera también. Íbamos por una carretera de tierra golpeando los bajos con piedras. “¿Para qué los chilenos van a asfaltar la carretera que lleva a Argentina?”. De nuevo, escuchaba el mismo argumento… Martín llevaba ropa deportiva con la camiseta del Real Madrid de Higuaín. “Soy del River. Vos, ¿de qué equipo sos?”. Como siempre que me hacen esta pregunta en cualquier punto del planeta, respondo lo mismo “Del Valladolid” y ya de paso les hablo de la historia de mi tierra.

Recorrí cada esquina de Río Grande gracias a que Martín tenía que hacer unos cobros a sus clientes. Como muchas ciudades de la Patagonia, son en su mayoría cabañas y pisos bajos, de cuatro plantas. Tejados de metal y rancheras de alta cilindrada aparcadas en la puerta. Según me dijo Martín, Río grande tenía muchas fábricas y la población tenía plata. Al final del día, tal como me había comentado Martín, compramos algo para cenar y vimos el partido de Argentina, que perdió contra Paraguay. (Empiezo a pensar que soy gafe, porque los partidos que vi en Chile, tampoco ganó). Al día siguiente, nos fuimos a Ushuaia, por el camino Martín paró en cada mirador. “Te hago una foto aquí”, me decía ilusionado. Sin duda merecía mucho el trayecto por carretera, ya que a partir de Tolhuin cambió de un paisaje desértico a montañas y lagos. Incluso, en ese pueblo, también hay una parada turística. “La panadería de los famosos”, que se ha hecho conocida porque el dueño fue haciéndose fotos con actores, futbolistas y gente conocida que paraba por allí. Llegamos a Ushuaia, el fin del mundo (dicen) y una de las ciudades más al sur del planeta. Símbolo del principio o el final de muchos viajes.

En mi caso, llevaba casi dos meses mochileando. Ushuaia se convertía en eso, un símbolo, porque no hice ningún tour navegando por sus mares. Desde esta ciudad salen todo tipo de barcos para visitar las islas más cercanas, incluso para ir a la Antártida. La población de casi cien mil habitantes se concentran entre una cordillera de montañas y el puerto marítimo. Hay mucho que ver en los alrededores como el Parque Nacional de Tierra del fuego, lagos y glaciares. Sin duda alguna, en el fin del mundo hay mucho que ver.

Martín no solo me llevó a Ushuaia, sino que me comentó que en dos días subía a Rios gallegos. Era una lotería. Llegar al sur de la isla fue largo y tedioso y él me brindaba la oportunidad de sacarme de allí, por lo que no dudé en quedar de nuevo con él.

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Gustavo Prieto, Valladolid (1979) Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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