Días atrás había llegado, tras 500 km a dedo a Puerto río tranquilo, tanto el puerto como el pueblo se ajustaban al nombre. Las calles habían sido diseñadas como una cuadrícula, todas las cabañas iban ordenadas, aunque con los pocos habitantes de la localidad era imposible perderse. Cuando me dejaron en mitad de la carretera austral a las seis de la tarde, me propuse dormir en Villa del cerro Castillo, pero pasó un coche y me dijo que iba directo a mi destino. No me lo pensé, aunque iba a llegar tarde. De nuevo, la hospitalidad chilena se mostró. Cuando llegamos al pueblo, el chico que me traía saludó a un amigo. “¿Tienes algún tour para mañana pronto?”. El chico fue a hacer una consulta. “A las nueve”. Perfecto. Tenía tour para ver las cavernas de mármol, después el chico me llevó a un hostal. “Diez lucas con desayuno”. Perfecto. Le agradecí su amabilidad con un fuerte apretón de manos y me instalé. A la mañana siguiente me uní al tour que tenía apalabrado. Nos llevaron en una lancha a motor a las conocidas cuevas. Según el guía eran únicas en el mundo. Me llamó la atención cómo estaban esculpidas por el mar y repito, esculpidas, porque al acercarnos a ellas es lo que parecía. Todas las paredes parecían talladas por un humano. Dimos varias vueltas alrededor mientras el guía se ganaba el sueldo. “La catedral…el elefante…la cabeza de perro…etc…” El paseo terminó y eran las once en… aquel pueblo. Me dijeron que el bus pasaba a las dos de la tarde, así que no dudé ni un momento. Compré comida para el día y me puse a la salida a buscar un coche en dirección la frontera argentina. Mi idea era dormir aquella noche en Los Antiguos, pero el destino quiso otra cosa.

Tras varios coches que me iban a dejando en pueblos igual de pequeños, que tenían su encanto, su gallo loco y algún perro callejero que se me acercaba a buscar comida, paró un todoterreno de esos que cuestan saber si son coches o camiones. Era Cristián y su compañera de trabajo que volvían de un fin de semana en la montaña. “¿fin de semana?”, pensé. No sería (ni será) la primera vez que me pase que perdía la noción de la semana. También había perdido el número de veces que había resumido mi vida y relatado mi viaje a la gente que me recogía en el camino. De esa manera, empezaba a romper el hielo y pronto la conversación varía y empieza la confianza. El viaje era largo y realmente impresionante porque recorría la costa del enorme lago General Carrera (llamado así en la parte Chilena, pero en la parte argentina lo llaman “Buenos Aires”), en definitiva, que esa confianza dio lugar a la conversación sobre mi alojamiento. “¿Qué vas a hacer?”, me preguntó Cristian, y como le dije que me daba igual buscar hostal en la parte Chilena o en la argentina, me soltó en bromas “¿sabes cocinar?”. Cristian es odontólogo y vive en Chile chico desde hace un par de años. Es la última ciudad antes de la frontera, por esa razón no dudé ni un segundo la invitación de quedarme en su casa. Me sentí tan bien en su casa, que me quedé dos noches.

Ese encuentro llegó en ese punto de inflexión viajando en el que necesito lavar ropa, escribir, publicar, editar el blog (que tantos quebraderos de cabeza me da por hacerlo con un móvil) y, ya de paso, aproveché para cortar mis melenas y mi barba. Entre otras cosas, porque me dijeron que podría parecer israelí y, debido a que llegan en masas en verano con resultados no muy buenos, podría perjudicarme en el autostop.

No podía quejarme. Con melenas y sin ellas me había ido mejor de lo que esperaba. Cuando decidí emprender mi viaje, con pena por lo bien que se había portado conmigo Cristian, llegué a Chalten en el mismo día. “¿En serio? ¿700 kilómetros?”.

Todavía recuerdo lo que me dijo Gazel en Concon, cerca de Valparaíso, “Chile es mas caro que Argentina”…

Calafate… hice dedo y entré gratis al parque nacional…

Hacer dedo, autostop, me resulta muy meditativo, estar en mitad de la nada, sin que pasen apenas coches tienes dos opciones, desesperarte y empezar a pensar que nadie te levanta o bien no pensar, si hace bueno, yo juego con las piedras, sale mi niño interior, si hace frío y llueve… como decía, pura meditación.

Espectáculo en vivo. Ver los 70 metros del glaciar, oír el crujido, que suena como una tormenta o unos fuegos artificiales, a lo lejos y, de pronto, se derrumba un trozo. Parece pequeño en la distancia, pero suena con un estruendo al chocar contra el agua. Y detrás se oyen vítores, aplausos y la sonrisa cómplice de ver aquello en directo. Llegué en autostop en un bus turístico vacío (la primera vez que me pasa) al glaciar Perito Moreno que está a 80 km de Calafate. Sigue mi viaje por la ruta #panamericana en el blog de @nortedecastilla: http://bit.ly/2bxkI4W #argentina #visitargentina #traveltoargentina #glaciar #peritomoreno #Sudamerica #latinoamerica #visitsouthamerica #mochileros #backpackers #viajes #travelling #blog #travelblog #viajeros #travel #happiness #instablog #instatravel #viajar #travelingram

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Al día siguiente, con agujetas, volví a la carretera. Al poco tiempo estaba por la ruta 40 camino Calafate con un argentino que instalaba paneles solares. Me dejó cerca del centro tras un largo recorrido por esas llanuras desérticas en las que campan a sus anchas los Guanacos, algún zorro y armadillos. Darío me alojó durante dos noches. Cuando le dije que el precio del autobús para ver el Glaciar del Perito Moreno eran 27 euros me soltó “yo haría dedo”. No me lo había planteado puesto que era un lugar tan turístico que no creía que tuviera oportunidad, pero me aventuré. Tenía tiempo y, a malas, al día siguiente iría en bus. Al día siguiente estaba en la carretera desde las ocho de la mañana… pasaron dos horas y no había tenido suerte, hasta que un hombre que pasaba por allí me sugirió ir a una rotonda a un kilómetro más adelante. Una hora después, paró un autobús de línea. “Sube, rápido”, me soltó el conductor. Me subí sin pensarlo. “¿Vas al Perito Moreno?”, le dije con timidez nada mas subir. Por supuesto que iba. Era el encargado de la línea que llevaba el vehículo para otro compañero, porque se les había estropeado el otro autobús. Eran ochenta kilómetros de trayecto. “Yo te llevo al Parque, pero luego ya te buscas la vida”, me soltó. Claro, pensé, qué más podía pedir. Cuando llegamos a la entrada del parque, el conductor le comentó al guardaparques el motivo de su visita. Llevaba más de diez años en la compañía, por lo que le conocían de sobra. El tipo le dio el visto bueno y arrancó. Nada mas perder la entrada, soltó una carcajada. “Te zafaste”. Exacto. Me zafé de no pagar la entrada. Le pregunté ingenuamente si no me la iban a pedir, pero me dijo que estaba en Argentina… De ese modo vi uno de los mayores espectáculos que he tenido en frente de mí en mucho tiempo. El Glaciar está vivo. Tan solo hay que estar allí, observar y esperar. Cruje como una tormenta y, de pronto, cae una trozo al agua rompiendo la quietud y sacando el griterío de la gente que esperaba ese momento cámara en mano. No voy a negar que yo también sonreía al verlo y me sentía pletórico.

El viaje llegaba a un punto de inflexión muy esperado. El Parque de las torres del Paine. Cuando llegué a Puerto Natales, salió dentro de mí el mochilero de provincias que soy. Sí, reconozco que, a pesar de llevar mochila, no soy un experto en las artes de llevar el equipo completo de camping. Nunca había estado cocinando con gas y, aunque había leído un montón de veces cómo era la ruta dela W en el parque, me sentía un auténtico pardillo. Tuve que informarme bien de cómo recorrer el circuito, qué equipo iba a necesitar y cuánta comida iba a tener que cargar. No voy a hablar de todos los detalles para llevar a cabo esta aventura, tan solo contaré que nada más empezar a ver las opciones veía que llevar a cabo el circuito de la W en cinco días tenía que gastar más de lo que esperaba. El autobús que te lleva al parque, el Catamaran (que más tarde supe que se podía evitar), la entrada al parque (que no sirve para mucho, ya que con el dinero que piden, 25 euros, no se ve reflejado en el parque) camping, comida, alquiler de equipo… dediqué un día para comprar y tener todo atado para estar aislado durante casi una semana en el Parque. Mi alma de mochilero de provincias estaba en plenitud. No lo niego que fue un poco quebradero de cabezas, entre otras cosas, porque había un día de casi ocho horas de caminata con la mochila en los hombros. Me llovió, apenas dormí por el frío, me perdí, volví a encontrarme, sudé mucho, mucho y mucho, tenía dolores en la espalda y en las rodillas, salió el sol, escuché música, sonreí como un niño metiéndome entre el barro, tuve mucho tiempo para pensar, reflexionar, mi vida, mi gente, mi pasado, mi futuro… hice una meditación durante cinco días hasta que por fin, el último día llegué a ver las famosas Torres del Paine.

Torres del Paine, Puerto Natales, Chile
Torres del Paine, Puerto Natales, Chile

Tras cinco días sin poderme duchar, llegué al hostal exhausto. Había logrado hacer la ruta de la W. Me sentía satisfecho, ya podía continuar mi viaje y, por fin, después de mucho tiempo. Me iba a levantar en el camino un camionero. Iba por la carretera del fin del mundo hacia Puerto Natales con la músiquilla de Loquillo en la cabeza…

*Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Este fue mi horario en Torres del Paine por si os sirve a los que vayáis por allí

Lunes 3
-11h catamaran.
-11.30 empiezo trekking y llego al camping a 14.30
-camping con duchas y comedor (sin cocina, pero donde se puede usar la bombona de gas)

Martes 4

– Pasé frío por la noche
– Me levanté a mear a las 23h y hacía bueno, a media noche me meaba de nuevo y como hacía frío, meé en la cantimplora (la llené)
– Salí de Grey a las 9h. Llegué a paine grande a las 11h. Camino italiano, cayeron cuatro gotas, el monte nublado, arboles secos, parecía ‘el señor de los anillos’.
– Llegué muy cansado a las 14h.

Miércoles 5

– Decidido que me iba a quedar una noche mas. Los rumores de que el camping los cuernos era caro se confirmaron mas tarde.
– 9h. Subida al británico donde se ve el valle. Día con nubes, pero buena temperatura.
– Tardé 2 h. Volví al camping. Todos los mochileros con los que había coincidido desde grey se fueron.
– Tarde reflexiva. Si ir al camping torres, que son 8 h. O quedarme en el de abajo. Lo veré en el camino. Dependerá de lo cansado que esté.
– 18.30 Llueve.

Jueves 6

– Salgo a las 9 del camping italiano.
– Tardo 2h al camping los cuernos. Pillo bajadas. Hace sol. Me deshago de la basura en los cuernos. Descanso y prosigo.
– Llego al cruce en 3h. La música me ayuda a ir con buen ritmo.
– Hay una subida crítica y larga hasta el cruce que viene del hostal las torres.
– El valle hasta el camping los chilenos es impresionante. Llego a las 14h y me tomo un café. Descanso un buen rato.
– Prosigo hasta la base de torres. Estoy cansado. Tardo una hora.. total 7h. Desde los italianos…(!)
– Acampo y subo a ver las torres. Hace bueno, sin nubes. Gran final.

Viernes 7

– Bajo pronto desde el camping. ¿9h?
– Llego en 2.30h al hostal las torres. En vez de descansar hago la locura de hacer el trayecto hasta laguna amarga para evitar los 3000$ del bus. El camino es largo, hace calor, hay subidas, curvas, es muy largo…tardo una hora… Llego pronto 12.30…y tengo que esperar a las 14.30 a que llegue el bus que me lleve a Puerto Natales.

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