Cuando llegué a Temuco eran las nueve de la noche y en la estación me esperaba Vanessa, de couchsurfing. Camino a su casa, me tuve que acurrucar en mi cazadora y, a pesar de taparme la boca, era inevitable el olor a leña en el ambiente. Vanessa se quejaba de la contaminación de las estufas, pero mi memoria asoció ese olor a las chimeneas del barrio Girón, en Valladolid, cuando vivía en mi infancia y me sentí como en casa, a miles de kilómetros de ella. Cuando llegamos a su piso, estaban sus dos compañeras esperando para cenar sushi mientras veíamos cómo perdía el equipo de fútbol chileno contra Paraguay.

“Si quieres conocer Chile, vete al sur. La gente es muy abierta, tienen buenas cervezas, vino y se come bien y barato. Chile es el sur”, me dijo Gazel, cuando estuve en su casa de Concón. Bueno, ese era el plan, pero si tanto me insistían, más ganas tenía de llegar. Las ciudades de Temuco, Villarrica y Pucón fueron las primeras ciudades que conocí de la región de la Araucanía. Esta zona fue la frontera de los Mapuches, los indígenas que dieron candela a Pedro de Valdivia y quemaron los fuertes que fueron establecidos por esta zona. De hecho, cuentan que fue el único pueblo indígena en firmar un acuerdo con el Imperio español en la época (aunque algunos historiadores lo ponen en duda). Desde que empecé a preparar el viaje, tenía muchas ganas de conocer más de cerca la cultura Mapuche. De hecho, hay varios museos en las localidades con información al respecto. Hoy día los Mapuches están integrados en la sociedad moderna, sobre todo se les ve en mercados (en las ferias, como se dice en Chile), pero debido a que el gobierno Chileno les arrebató sus tierras hace más de un siglo, ellos siguen reclamándolas. Hasta tal punto que existe un grupo de activistas que desde las autoridades chilenas les considera como terroristas. Sea cierto o no, el pueblo Mapuche fue una civilización muy interesante. Como tantas otras civilizaciones primigenias, estaba muy vinculada a la naturaleza, convivia en su entorno y la respetaba. Por si alguien quiere saber más sobre ellos, una mujer del museo de Temuco me recomendó el libro de José Bengoa, “Pueblo Mapuche”.

Muy cerca de estas ciudades hay varios parques nacionales como el de Conguillío, al que fui gracias a Rocío, la chica con el mayor espíritu de couchsurfing que he conocido. Reunió a sus amigos y formamos un buen grupo de senderismo. Nada más llegar vimos el volcán Llaima que destaca por sus dos picos. Ese día estaba despejado por lo que lucía una enorme capa nevada. En la zona hay varios lagos y cerca de uno de ellos empezaba nuestra ruta. Recorrimos un bosque por tierra húmeda, pero a medida que avanzamos el camino empezó a estar cubierto de nieve, incluso con zonas de puro hielo por lo que tuvimos que ayudarnos unos con otros para cruzarlo. Pronto el sendero pasó a ser solo nieve, que si te descuidabas te llegaba hasta la rodilla. Seguimos subiendo rodeados del árbol de la Araucanía. Pasamos varios miradores y cuando llegamos a la cumbre el viento nos venció. Nos había costado subir tres horas, pero no logramos alcanzar el último mirador. El fuerte viento nos tumbaba y no quisimos arriesgar. Buscamos refugio entre los árboles y, mientras descansábamos, sacamos nuestra merienda. Como en el grupo también vino un argentino, había mate, por supuesto.

Estuve en Temuco tres días, por lo que me dio tiempo a visitar más la ciudad, como el museo regional, donde tienen muy bien explicada la historia de la zona, como las colonias alemanas, holandesas y suizas que el gobierno Chileno invitó, según ellos para traer nuevas ideas al país, pero, en realidad, querían romper lazos con los Mapuches y regalaron tierras a extranjeros (Todavía quedan lazos de unión con estos países en las siguientes ciudades que visité). Después, subí al cerro para hacer un poco de ejercicio y para despedirme de la ciudad. Al día siguiente tenía que seguir mi ruta hacia el sur y llegue a Villarrica.

Antes de entrar en la ciudad hay que cruzar un puente desde donde se ve la estampa del lago y el volcán del mismo nombre. Es tan impresionante que me di un coscorrón contra la ventana del bus. Tanto Villarrica como Pucón son dos localidades cercanas que sirven de base para visitar los parques, lagos, cascadas y mil actividades alrededor de ellas. Gracias a Rocío, mi nueva amiga de Couchsurfing, no solo me llevó en coche a Pucón, sino que además fuimos a ver “los ojos de Caburgua”, unas cascadas en un entorno idílico, rodeado de un bosque frondoso. Por la noche, me alojé en la casa de unos amigos de ella. Había partido de fútbol, así que cenamos, bebimos y hablamos de viajes mientras la selección chilena empataba contra Bolivia. Nico, uno de estos amigos que conocí aquella noche, estaba tan entusiasmado con el couchsurfing que no quería perder la oportunidad de ser un buen anfitrión y al día siguiente, vino con un amigo suyo en un todoterreno con asientos de cuero a recogerme. Esta vez tocaba ver una cascada con una altura de mas de cincuenta metros llamada “el salto de la china” (no se quien elegirá los nombres). Terminamos ya de noche en el lago Caburgua hablando, como no, de viajes.

Dicen los argentinos que los volcanes los tiene Chile y cuando hay alguna erupción el viento les lleva a ellos las cenizas… Sorprende ver un volcán tan cerca de las ciudades, humeando, y la gente tan pichi. Los mochileros de provincias no estamos acostumbrados a estas cosas, por lo que es inevitable mirar con recelo a estas montañas, por si acaso.

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